Una reflexión sobre el sufrimiento silencioso de los padres cuyos hijos terminaron abrazando la violencia política durante los años más oscu...

Los otros olvidados

Una reflexión sobre el sufrimiento silencioso de los padres cuyos hijos terminaron abrazando la violencia política durante los años más oscuros del Perú.

[[Hay derrotas que no ocurren en los campos de batalla, sino en el corazón de una madre y de un padre.]]

¿Qué siente un padre cuando ve a su hijo esposado, acusado de terrorismo y señalado por toda la sociedad como un criminal? ¿Se aferra a la esperanza de su inocencia o, en el fondo, sabe que las acusaciones son ciertas y simplemente se niega a aceptarlo? Es una pregunta incómoda, pero inevitable cuando se piensa en los años más oscuros de la violencia política en el Perú.

Durante las décadas de 1980 y 1990, miles de jóvenes fueron captados por organizaciones subversivas que prometían cambiar el país mediante la violencia. Muchos provenían de sectores golpeados por la pobreza, el abandono estatal y la falta de oportunidades. Otros llegaron desde espacios universitarios donde determinadas ideas revolucionarias ejercían una fuerte influencia. Las historias eran distintas, pero el resultado solía ser el mismo. Jóvenes convencidos de que participaban en una causa histórica terminaron formando parte de organizaciones responsables de asesinatos, atentados y una de las etapas más trágicas de nuestra historia reciente.

Es fácil juzgarlos desde la distancia. Después de todo, muchos de ellos terminaron participando en actos que causaron sufrimiento a miles de inocentes. Sin embargo, detrás de cada uno había una historia personal. Había frustraciones, carencias, resentimientos y también una búsqueda de propósito. Los líderes de estas organizaciones supieron aprovechar esas heridas y convertirlas en instrumentos de una causa política que prometía justicia, pero que terminó sembrando muerte.

Muchos de esos jóvenes murieron convencidos de que estaban luchando por un mundo mejor. Otros fueron capturados y condenados. Algunos descubrieron demasiado tarde que la revolución que les habían prometido no era más que una maquinaria de violencia disfrazada de idealismo.

Pero cuando se habla de aquellos años, casi siempre se piensa en los terroristas, en las víctimas o en las fuerzas del orden. Rara vez se habla de quienes tuvieron que cargar con una tragedia distinta. Los padres.

Imagino el dolor de una madre viendo el rostro de su hijo en la televisión después de una captura. Imagino la vergüenza, la confusión y la culpa. Imagino a un padre preguntándose en qué momento perdió a ese muchacho que alguna vez cargó en sus brazos. Porque para el resto de la sociedad aquel joven podía ser un terrorista. Para ellos seguía siendo su hijo.

Quizás algunos padres se negaron a creer la verdad. Quizás otros comprendieron perfectamente lo que había ocurrido, pero fueron incapaces de abandonar a quien habían amado toda la vida. El amor de un padre no desaparece cuando aparece una condena judicial. Tampoco desaparece cuando el hijo toma el camino equivocado. Por el contrario, muchas veces ese amor se convierte en una carga dolorosa que obliga a convivir con la decepción sin dejar de querer.

Por eso siento una profunda compasión por esos padres. No por los crímenes cometidos por sus hijos ni por las ideas que defendieron, sino por el sufrimiento silencioso que tuvieron que soportar. Fueron señalados por sus vecinos, observados con desconfianza y, en muchos casos, condenados socialmente por decisiones que nunca tomaron. Tuvieron que cargar con una vergüenza que no les pertenecía y enfrentar preguntas para las que no existía respuesta.

Lao Tse escribió alguna vez que amar a alguien profundamente nos da fuerza; ser amados profundamente nos da valor. Sin embargo, también existe una cara dolorosa del amor. La de seguir amando cuando la decepción parece insoportable. La de continuar siendo padre o madre cuando el mundo entero exige que renuncies a tu hijo.

No sé qué pensaron aquellos padres cuando vieron derrumbarse sus familias. No sé cuántos se culparon por errores reales o imaginarios. Tampoco sé cuántos se preguntaron si pudieron haber hecho algo diferente. Lo que sí sé es que su sufrimiento rara vez ocupa un lugar en nuestra memoria colectiva.

Tal vez porque resulta más sencillo hablar de héroes y villanos que de tragedias humanas. Sin embargo, la historia también está hecha de esas personas que quedaron atrapadas entre el amor y la vergüenza, entre la lealtad familiar y la condena social.

Recordarlos no significa justificar a quienes eligieron el camino de la violencia. Significa reconocer que detrás de cada joven captado por una organización criminal existió una familia que también sufrió las consecuencias. Y significa entender que si queremos evitar que algo parecido vuelva a ocurrir, no basta con combatir las ideologías extremistas. También debemos construir una sociedad capaz de ofrecer oportunidades, educación y sentido de pertenencia a quienes podrían convertirse en presa fácil de quienes prometen cambiar el mundo a través del odio y la violencia.
Autor Sr. Josue

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