De Bolivia a Argentina y Chile, la protesta anticipada se ha convertido en una herramienta política utilizada para condicionar gobiernos ant...

¿Por qué la izquierda enciende las calles antes de que la derecha empiece a gobernar?

De Bolivia a Argentina y Chile, la protesta anticipada se ha convertido en una herramienta política utilizada para condicionar gobiernos antes de que puedan demostrar resultados.

[[La batalla por el poder no termina en las urnas.]]

Hay un fenómeno que se repite con inquietante frecuencia en América Latina y que debería preocupar a cualquiera que valore la democracia. Cada vez que un candidato de derecha gana una elección presidencial, o incluso desde que logra pasar a una segunda vuelta, comienzan a aparecer protestas, bloqueos y movilizaciones impulsadas por diversos gremios, sindicatos y organizaciones sociales.

Lo más llamativo es que muchas de estas manifestaciones surgen antes de que el nuevo gobierno haya implementado una sola medida relevante. No se protesta contra resultados concretos, sino contra la sola existencia de un gobierno que no comparte determinadas posiciones ideológicas. Esto revela que para ciertos sectores, la democracia parece ser válida únicamente cuando ganan los suyos.

A mi juicio, la explicación de este fenómeno es bastante clara. Durante décadas, la izquierda comprendió la importancia de conquistar espacios de influencia dentro de sindicatos, gremios estudiantiles, organizaciones sociales y colectivos ciudadanos. Mientras otros sectores descuidaban esos espacios, ella los ocupó pacientemente, construyendo redes de militancia y formando cuadros políticos.

Eso no significa que todas las demandas de estos grupos sean ilegítimas. Muchas nacieron de problemas reales y necesidades concretas. Sin embargo, lo que sí ocurrió en numerosos casos fue una apropiación política de esas causas. La izquierda logró presentarse como la única representante de determinadas luchas sociales y, con el tiempo, convirtió muchas de esas organizaciones en extensiones de su proyecto ideológico.

Por eso, cuando un gobierno de derecha llega al poder, gran parte de estas estructuras se activan casi de manera automática. No esperan resultados ni evalúan medidas concretas. La confrontación comienza desde el primer día porque el objetivo ya no es únicamente defender una reivindicación social, sino disputar el poder político.

No es casualidad. Como escribió el intelectual italiano Antonio Gramsci, uno de los principales referentes del marxismo occidental, la batalla por el poder también se libra en las instituciones culturales y sociales. La izquierda entendió esa lección hace mucho tiempo y la aplicó con notable eficacia.

Un ejemplo reciente puede verse en Bolivia. Desde las primeras semanas del gobierno de Rodrigo Paz surgieron protestas y movilizaciones contra diversas reformas impulsadas por su administración. Más allá de las opiniones que cada uno tenga sobre esas medidas, resulta difícil ignorar la situación económica heredada tras dos décadas de predominio político del Movimiento al Socialismo.

Los problemas fiscales, el agotamiento de reservas internacionales, la escasez de divisas y los desequilibrios acumulados no aparecieron de la noche a la mañana. Son el resultado de años de un modelo económico que dependió en gran medida de ingresos extraordinarios provenientes de las materias primas y de un fuerte gasto estatal.

El problema es que muchos ciudadanos fueron acostumbrados a creer que los subsidios, bonos y ayudas permanentes podían sostenerse indefinidamente. Sin embargo, cuando los recursos comienzan a agotarse, la realidad termina imponiéndose. Ningún país puede gastar eternamente más de lo que produce.

Las reformas económicas suelen ser dolorosas precisamente porque buscan corregir errores acumulados durante años. Exigen austeridad, disciplina fiscal y sacrificios temporales para recuperar la estabilidad. Pero quienes se beneficiaron del modelo anterior rara vez están dispuestos a aceptar esos costos. Entonces aparecen las protestas, los bloqueos y las campañas de desgaste político.

Lo paradójico es que muchos responsabilizan inmediatamente al nuevo gobierno por problemas que llevan años gestándose. Se exige una solución instantánea para crisis que tardaron décadas en construirse.

Algo similar ocurrió con Javier Milei en Argentina. Recibió un país golpeado por una inflación descontrolada, un déficit fiscal crónico y una economía profundamente distorsionada. Sin embargo, desde el primer día enfrentó una resistencia feroz de sectores sindicales y políticos que durante años guardaron un silencio mucho más cómodo frente a gobiernos ideológicamente afines.

Lo preocupante no es la protesta en sí. En una democracia, protestar es un derecho legítimo. Lo preocupante es cuando la protesta deriva en violencia, destrucción de infraestructura pública, agresiones a las fuerzas del orden o ataques contra quienes piensan diferente.

Existe además un discurso cada vez más extendido según el cual cualquier gobierno de derecha representa automáticamente una amenaza para las libertades y los derechos ciudadanos. Ese relato busca generar miedo antes de que existan hechos concretos que lo respalden.

La estrategia es efectiva porque apela principalmente a las emociones. Y las emociones son una herramienta política poderosa. Sin embargo, cuando el debate público se construye únicamente sobre sentimientos y no sobre hechos, datos o argumentos racionales, la discusión democrática se degrada.

El economista Thomas Sowell escribió una frase que resume muy bien este problema: “La primera lección de la economía es la escasez; la primera lección de la política es ignorar la primera lección de la economía”. Muchas veces los discursos más populares son precisamente aquellos que prometen beneficios ilimitados sin explicar quién pagará la cuenta.

El caso de Chile bajo la presidencia de José Antonio Kast también refleja una dinámica similar. Desde sus primeras semanas de gobierno aparecieron movilizaciones y manifestaciones organizadas contra su administración.

Lo que llama la atención es la diferencia de intensidad con respecto a otros gobiernos ideológicamente cercanos a esos mismos grupos. Durante la administración de Gabriel Boric existieron problemas de seguridad, tensiones económicas y conflictos políticos que también pudieron haber motivado grandes movilizaciones. Sin embargo, la presión callejera no alcanzó niveles comparables.

Esa diferencia alimenta la percepción de que para ciertos sectores la protesta no responde exclusivamente a problemas sociales, sino también a afinidades ideológicas. Cuando gobiernan los propios, se relativizan los errores. Cuando gobiernan los adversarios, cualquier medida se convierte en motivo de confrontación.

Por eso veo con preocupación una tendencia que parece extenderse por toda la región. Cada vez más, algunos actores políticos recurren a la presión callejera permanente como mecanismo para condicionar o desgastar a gobiernos elegidos democráticamente. La violencia deja de ser un instrumento revolucionario tradicional y se transforma en una herramienta de sabotaje político presentada bajo la apariencia de protesta social.

Estoy convencido de que muchas de las protestas que surgen inmediatamente después de la llegada de un gobierno de derecha no responden únicamente a un descontento espontáneo, sino también a una estrategia de confrontación impulsada por sectores que no aceptan con naturalidad los resultados electorales cuando estos les son adversos.

La democracia no consiste únicamente en votar. También implica respetar el resultado de las urnas, permitir que los gobiernos ejerzan el mandato que recibieron y juzgarlos por sus resultados, no por prejuicios ideológicos.

Por eso mi llamado es simple: no se deje engañar por discursos que buscan reemplazar el análisis racional por la emoción permanente. Los problemas de nuestros países son reales y merecen soluciones serias. Pero la violencia, el sabotaje y la desestabilización nunca serán el camino.

Si queremos sociedades más libres, más prósperas y más democráticas, debemos defender el debate abierto, el respeto a la ley y la convivencia pacífica. La libertad solo puede florecer allí donde las ideas compiten con argumentos y no donde se intenta imponer una verdad a través del miedo o de la fuerza.
Autor Sr. Josue

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