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Política junio 03, 2026

Rafael López Aliaga no representa a toda la derecha peruana

Rafael López Aliaga no representa a toda la derecha peruana
Sr. Josue
POR Sr. Josue COLABORADOR COLUMNISTA • INTERREGNO
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[[Por qué muchos liberales de derecha no se sienten identificados con el liderazgo más visible del conservadurismo peruano]]
Cada vez que aparece una figura política capaz de movilizar a un sector importante del electorado, surge también la tentación de convertirla en la voz de todos aquellos que comparten una ubicación ideológica similar. En el Perú ocurre algo parecido con Rafael López Aliaga, para sus seguidores es el principal referente de la derecha peruana. Para muchos de sus adversarios también. Sin embargo, ambas visiones parten de una simplificación que no resiste demasiado análisis.
La derecha nunca ha sido un bloque uniforme. Bajo esa misma etiqueta conviven corrientes políticas distintas que comparten algunos principios generales, pero que difieren en aspectos fundamentales. Existen conservadores, liberales, libertarios, demócrata-cristianos y diversas combinaciones entre estas tradiciones. Reducir toda esa diversidad a una sola figura resulta tan impreciso como afirmar que toda la izquierda piensa igual porque comparte ciertos objetivos generales.
Esta diferencia suele pasar desapercibida porque gran parte de la discusión pública gira alrededor de temas económicos. Allí pueden existir coincidencias importantes. Muchos liberales respaldan la economía de mercado, la inversión privada y la reducción de trabas burocráticas, posiciones que también suelen ser defendidas por sectores conservadores. Sin embargo, cuando la conversación se desplaza hacia la relación entre el individuo y el poder, el papel de las instituciones o la forma en que debe desarrollarse la convivencia democrática, las diferencias comienzan a hacerse mucho más visibles.
El liberalismo y el conservadurismo han sido aliados en numerosos momentos de la historia, pero nacieron de preocupaciones distintas. El conservadurismo suele otorgar una importancia especial a la tradición, la religión, la estabilidad social y determinados valores culturales. El liberalismo, por su parte, surge de una preocupación permanente por la libertad individual y por los límites que deben imponerse al poder político. Desde John Locke hasta Friedrich Hayek, la pregunta central siempre fue la misma. ¿Cómo evitar que una persona, un grupo o un gobierno acumulen suficiente poder como para imponer su voluntad sobre los demás?
Esa preocupación explica por qué la tradición liberal desarrolló una profunda valoración de las instituciones. Las leyes, la separación de poderes, la libertad de expresión y los organismos independientes no son simples formalidades burocráticas. Son mecanismos diseñados para impedir que la política dependa exclusivamente de la voluntad de los gobernantes. En otras palabras, una sociedad libre no se sostiene porque aparezcan líderes virtuosos. Se sostiene porque existen reglas capaces de limitar incluso a aquellos líderes que gozan de una enorme popularidad.
América Latina ofrece innumerables ejemplos de lo que ocurre cuando esa lógica se invierte. A lo largo de los últimos dos siglos, la región ha producido una larga lista de caudillos convencidos de que su liderazgo estaba por encima de las instituciones. Algunos llegaron al poder prometiendo justicia social. Otros prometieron orden, crecimiento económico o estabilidad. Las diferencias ideológicas eran enormes, pero el patrón se repetía con frecuencia. El líder se presentaba como la voz auténtica del pueblo mientras las instituciones aparecían como obstáculos que debían ser corregidos, controlados o ignorados. La historia regional demuestra que esa apuesta rara vez termina fortaleciendo la democracia.
Es precisamente desde esa perspectiva que muchos liberales observan con preocupación el estilo político de Rafael López Aliaga. La discrepancia no gira principalmente alrededor de sus posiciones económicas ni de sus convicciones conservadoras. En una democracia, cada ciudadano tiene pleno derecho a defender las ideas que considere correctas. La dificultad aparece cuando la política comienza a desarrollarse bajo una lógica donde quien discrepa deja de ser un adversario legítimo y pasa a convertirse en un enemigo.
Durante los últimos años, buena parte del discurso político peruano ha estado marcado por una creciente polarización. En ese contexto, las etiquetas han reemplazado con demasiada frecuencia a los argumentos. Quien cuestiona una posición determinada deja de ser evaluado por lo que dice y comienza a ser definido por la categoría política que se le asigna. Caviar, comunista, fascista, neoliberal o progresista terminan funcionando como atajos que evitan discutir las ideas de fondo.
Rafael López Aliaga no inventó esa dinámica. La izquierda peruana la ha utilizado durante décadas y todavía continúa haciéndolo. Sin embargo, resulta difícil ignorar que su liderazgo se ha desarrollado muchas veces dentro de esa misma lógica. Quienes cuestionan alguna de sus posiciones suelen ser presentados como parte de un bloque homogéneo de adversarios políticos, como si toda crítica respondiera necesariamente a una conspiración ideológica o a intereses ocultos. El resultado es una visión de la política donde los matices desaparecen y donde el espacio para el debate racional se vuelve cada vez más reducido.
Las consecuencias de esa forma de entender la política van mucho más allá del intercambio de insultos. Cuando una sociedad comienza a dividirse entre patriotas y enemigos, entre ciudadanos legítimos y ciudadanos sospechosos, la confianza en las instituciones también empieza a deteriorarse. Después de todo, si quienes administran esas instituciones son percibidos como parte del supuesto enemigo, cualquier decisión que adopten será interpretada como una prueba adicional de parcialidad.
Las controversias electorales de los últimos años permiten observar esta tendencia con bastante claridad. Cuestionar un proceso electoral no tiene nada de antidemocrático. Toda irregularidad debe investigarse y toda denuncia razonable merece ser atendida. El problema aparece cuando acusaciones extremadamente graves se convierten en afirmaciones permanentes sin que existan pruebas concluyentes capaces de sostenerlas. En ese escenario, el daño ya no afecta únicamente a las autoridades electorales. Afecta la confianza de millones de ciudadanos en las reglas básicas de la convivencia democrática.
Participar en elecciones es apenas una parte de la democracia. La otra parte consiste en aceptar que los ciudadanos pueden tomar decisiones distintas a las que uno esperaba. Ningún sistema democrático puede funcionar si cada derrota es interpretada como una conspiración y cada resultado adverso se convierte automáticamente en una prueba de fraude. Las instituciones adquieren verdadero valor precisamente cuando producen resultados que no nos gustan y aun así seguimos reconociendo su legitimidad.
Esta discusión adquiere una relevancia especial porque el Perú atraviesa una profunda crisis de confianza política. Los ciudadanos desconfían de los partidos, del Congreso, del Poder Judicial, de los medios de comunicación y de buena parte de las instituciones públicas. En un contexto así, los líderes tienen una enorme responsabilidad. Sus palabras no solo movilizan a sus seguidores. También contribuyen a fortalecer o debilitar la confianza colectiva en las reglas que permiten resolver los conflictos de manera pacífica.
Mario Vargas Llosa dedicó décadas a advertir sobre los peligros del populismo y lo hizo desde una posición particularmente interesante. Criticó con dureza a los caudillos de izquierda, pero también rechazó aquellos liderazgos de derecha que reproducían los mismos vicios que decían combatir. Entendía que el problema nunca había sido únicamente económico. El verdadero riesgo aparecía cuando la política se convertía en una lucha emocional donde las instituciones eran desplazadas por la figura del líder y donde la lealtad personal terminaba siendo más importante que los principios.
Esa reflexión conserva plena vigencia porque el populismo no pertenece a una sola ideología. Puede adoptar discursos nacionalistas, socialistas, conservadores o liberales. Puede hablar en nombre de los pobres, de la nación, de la religión o del mercado. Lo que permanece constante es la tendencia a simplificar problemas complejos, alimentar la confrontación y presentar al líder como la única respuesta frente a una realidad supuestamente corrupta o decadente.
Por eso la discusión sobre Rafael López Aliaga trasciende a su propia figura. En realidad, plantea una pregunta mucho más importante sobre el futuro de la derecha peruana. ¿Debe convertirse en un movimiento definido principalmente por el enfrentamiento permanente y el liderazgo personalista o debe recuperar una tradición liberal que siempre entendió que la libertad depende de instituciones fuertes y no de hombres fuertes?
La pregunta no es menor. Durante años, buena parte de la derecha criticó el autoritarismo, el populismo y el desprecio por las instituciones cuando estos comportamientos provenían de la izquierda. Mantener la coherencia exige aplicar los mismos criterios cuando esos riesgos aparecen dentro de las propias filas. De lo contrario, los principios dejan de ser principios y se convierten simplemente en herramientas que se utilizan contra los adversarios políticos.
Criticar a Rafael López Aliaga no convierte automáticamente a nadie en una persona de izquierda. Del mismo modo que criticar a Pedro Castillo nunca convirtió a nadie en una persona de derecha. Las democracias maduras se construyen sobre la capacidad de cuestionar incluso a aquellos líderes con quienes compartimos parte de nuestras ideas. La lealtad a los principios siempre debe estar por encima de la lealtad a las personas.
Por esa razón resulta equivocado presentar a Rafael López Aliaga como el representante natural de toda la derecha peruana. Representa una corriente específica, legítima y respaldada por una parte importante de la ciudadanía. Sin embargo, muchos liberales de derecha no se sienten identificados con su estilo político, con su forma de entender la confrontación pública ni con la relación que mantiene con las instituciones democráticas.
El Perú necesita una derecha capaz de defender la libertad económica sin abandonar el respeto por las instituciones. Necesita líderes que comprendan que el pluralismo no es una amenaza, sino una condición indispensable de cualquier sociedad libre. Necesita dirigentes capaces de debatir con firmeza sin convertir cada discrepancia en una guerra moral y capaces de competir por el poder sin sembrar desconfianza en las reglas democráticas cuando los resultados les son adversos.
Al final, la fortaleza de una democracia no se mide por la intensidad de los discursos ni por la popularidad de sus líderes. Se mide por la capacidad de sus ciudadanos para convivir bajo las mismas reglas incluso cuando piensan distinto. Esa ha sido una de las ideas centrales del liberalismo desde sus orígenes y sigue siendo una de las más importantes. Precisamente por eso, para muchos liberales de derecha, Rafael López Aliaga no representa la mejor versión de la derecha que el Perú necesita construir hacia el futuro.
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