Las razones por las cuales Rafael López Aliaga no representa a todos los que somos de derecha.
[[No todo el que se enfrenta a la izquierda está defendiendo la libertad.]]
Lo digo como alguien que se considera de derecha liberal. Creo en el libre mercado, en la iniciativa privada, en la responsabilidad individual y en la necesidad de un Estado eficiente y limitado. Pero también creo en el respeto a las instituciones, en la democracia, en las libertades individuales y en la decencia como principios fundamentales de la vida pública. Sin esos pilares, la libertad económica se convierte simplemente en una consigna vacía.
Por eso me resulta imposible sentir simpatía por un personaje que ha convertido el insulto, la confrontación y el resentimiento en su principal forma de hacer política.
Durante años he escuchado a personas de izquierda afirmar que toda la derecha es autoritaria, intolerante y enemiga de la democracia, pero en realidad ellos historicamente han sido así. Siempre rechacé ese discurso que la izquierda difunde sobre la derecha porque sé que no es cierto. Conozco personas de derecha honestas, democráticas, respetuosas y profundamente comprometidas con las libertades individuales. Precisamente por eso me resulta tan frustrante que uno de los rostros más visibles de nuestro sector sea Rafael López Aliaga.
Mi problema con él no son sus propuestas económicas ni sus posiciones conservadoras. En una democracia cada ciudadano tiene derecho a defender las ideas que considere correctas. Mi problema es su comportamiento, su forma de relacionarse con quienes piensan distinto y la cultura política que ha contribuido a normalizar.
López Aliaga parece incapaz de convivir con la discrepancia. Quien no está con él pasa rápidamente a ser un enemigo. Si cuestionas alguna de sus posiciones, corres el riesgo de ser etiquetado como "caviar", "rojo", "progresista" o parte de alguna supuesta conspiración. No hay espacio para los matices ni para el debate racional. Todo se reduce a una lógica binaria donde solo existen aliados y adversarios.
Lo más contradictorio es que suele presentarse como un hombre profundamente religioso. Habla constantemente de Dios, de la fe y de los valores cristianos. No pretendo juzgar las creencias de nadie, porque la fe pertenece al ámbito personal. Sin embargo, cuando alguien convierte la religión en una parte central de su identidad política, resulta legítimo preguntarse si sus actos están a la altura de los principios que proclama defender.
El propio Evangelio ofrece un criterio sencillo para evaluar la coherencia entre discurso y conducta: Por sus frutos los conoceréis (Mateo 7:16). Y cuando observo la trayectoria pública de López Aliaga, me resulta difícil reconciliar ese discurso religioso con la agresividad verbal, los constantes ataques personales y la intolerancia que tantas veces han caracterizado sus intervenciones públicas.
Mis dudas sobre él no nacieron durante la campaña presidencial de 2026, pero aquella contienda terminó por confirmarlas. Una vez más vimos a un candidato que recurrió al insulto contra adversarios políticos, cuestionó a las autoridades electorales cuando los resultados no le favorecieron y volvió a denunciar un supuesto fraude sin presentar pruebas concluyentes que respaldaran semejante acusación. No era algo nuevo. Ya había ocurrido tras las elecciones de 2021 y volvió a repetirse cuando los resultados no coincidieron con sus expectativas políticas.
Lo preocupante no es únicamente la denuncia en sí, sino la visión de la democracia que parece existir detrás de ella. Un demócrata puede denunciar irregularidades cuando existen pruebas sólidas. Lo que no puede hacer es convertir cada derrota en una conspiración y cada resultado adverso en una excusa para desacreditar las instituciones. La democracia exige algo más que participar en elecciones; exige también aceptar los resultados cuando estos no nos favorecen.
Por eso considero que el principal problema de Rafael López Aliaga no son sus ideas económicas ni su conservadurismo. El problema es su temperamento político. Dice combatir a la izquierda radical, pero con demasiada frecuencia termina reproduciendo algunos de sus mismos vicios. La izquierda más sectaria divide a la sociedad entre buenos y malos. López Aliaga hace algo parecido cuando reduce el debate político a una lucha entre patriotas y enemigos. La izquierda más intolerante suele descalificar a quien discrepa. López Aliaga recurre muchas veces a la misma lógica. La izquierda populista desconfía de las instituciones cuando estas no le dan la razón. López Aliaga parece actuar de forma similar cuando cuestiona los resultados que no le resultan favorables.
Mario Vargas Llosa, uno de los intelectuales liberales más importantes de Hispanoamérica, advirtió durante décadas sobre los peligros del populismo, sin importar si provenía de la izquierda o de la derecha. Tenía razón cuando afirmaba que el populismo es la enfermedad de la democracia, porque reemplaza las instituciones por el caudillo, la razón por la emoción y el debate por la confrontación permanente. Esa es precisamente la deriva que me preocupa cuando observo el liderazgo de López Aliaga.
Tampoco ayuda el tipo de personajes que ha decidido incorporar a su entorno político. Con demasiada frecuencia ha terminado rodeándose de figuras asociadas al populismo de derecha, al oportunismo político y a una visión mercantilista del poder que poco tiene que ver con los principios liberales. Quienes creemos en la economía de mercado deberíamos ser los primeros en rechazar los privilegios, el amiguismo y la utilización del Estado para favorecer intereses particulares.
Frédéric Bastiat lo resumió de manera magistral hace más de un siglo cuando escribió: Cuando el saqueo se convierte en un modo de vida para un grupo de hombres, estos crean para sí mismos un sistema legal que lo autoriza y un código moral que lo glorifica. La frase sigue teniendo vigencia porque describe con precisión el peligro de confundir la defensa de la empresa privada con la defensa de grupos privilegiados que buscan capturar el poder político para su propio beneficio.
La derecha peruana no puede seguir confundiendo ambas cosas. Tampoco puede seguir justificando comportamientos autoritarios únicamente porque provienen de alguien que se presenta como un adversario de la izquierda. Si hacemos eso, terminaremos destruyendo nuestra propia autoridad moral y validando exactamente los mismos comportamientos que criticamos cuando provienen del otro extremo político.
No escribo estas líneas porque me haya vuelto de izquierda, las escribo precisamente porque sigo siendo de derecha.
Creo que nuestro sector político merece algo mejor que el espectáculo permanente de la confrontación, los insultos y las teorías conspirativas. Creo que la defensa de la libertad exige responsabilidad, respeto por las instituciones y capacidad para convivir con quienes piensan distinto. Y creo que mientras sigamos justificando lo injustificable por miedo al adversario político, seguiremos debilitando las mismas ideas que decimos defender.
Rafael López Aliaga podrá representar a una parte de la derecha peruana. Está en su derecho. Pero no me representa a mí. Y estoy convencido de que tampoco representa la mejor versión de la derecha que el Perú necesita construir para el futuro.
Si quienes creemos en la libertad queremos recuperar credibilidad ante los ciudadanos, debemos empezar por hacer una autocrítica sincera. Debemos rechazar el culto al caudillo, la política del insulto y la tentación populista que tanto daño ha causado al país durante décadas. El Perú necesita líderes capaces de debatir sin odiar, de competir sin victimizarse y de perder sin intentar destruir la confianza en las instituciones.
Necesita estadistas. No caudillos. Y mucho menos hombres que, mientras afirman defender la libertad, terminan debilitando los principios que la hacen posible.
Sr. Josue
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