La historia de un término que pocos conocen y que demasiados utilizan sin entender
[[Entre el mito político y la realidad histórica.]]
Hay palabras que terminan convirtiéndose en consignas. Se repiten tanto que parecen adquirir vida propia, aunque quienes las pronuncian muchas veces no sepan exactamente qué significan. Una de ellas es "neoliberalismo".
La escucho constantemente en discursos políticos, debates universitarios, programas de televisión y redes sociales. Se utiliza para explicar casi cualquier problema económico, social o político. Sin embargo, cuando uno pide una definición concreta, las respuestas suelen ser vagas, contradictorias o simplemente erróneas.
Lo más llamativo es que muchos de quienes intentan definir el neoliberalismo terminan describiendo otra cosa: el mercantilismo moderno o, en términos más actuales, el capitalismo de amigos. Es decir, un sistema donde determinadas empresas obtienen privilegios, subsidios, monopolios legales o favores del poder político para beneficiarse a costa de la competencia y de los ciudadanos.
Ese fenómeno existe y merece ser criticado. Pero no es exclusivo de la derecha ni del liberalismo. Ha existido bajo gobiernos de prácticamente todas las tendencias ideológicas. Basta observar casos como el conglomerado empresarial GAESA en Cuba, que controla una parte importante de la economía de la isla gracias a su estrecha relación con el aparato estatal. También podría mencionarse a las grandes empresas protegidas por regímenes nacionalistas, socialistas o conservadores alrededor del mundo. Cuando el poder político selecciona ganadores y perdedores, estamos ante una forma de capitalismo de amigos, independientemente del discurso ideológico que lo acompañe.
Entonces surge una pregunta ¿qué es realmente el neoliberalismo? ¿Es una doctrina concreta? ¿Es una simple etiqueta política? ¿O es un concepto cuya definición original ha sido deformada con el paso del tiempo?
Para responder a estas preguntas es necesario abandonar los eslóganes y acudir a la historia.
El origen del término no se encuentra en la Guerra Fría ni en los gobiernos de Ronald Reagan o Margaret Thatcher, como muchas personas creen. Su historia comienza antes.
Tras la crisis económica de 1929, el prestigio del liberalismo clásico quedó seriamente golpeado. Millones de personas habían perdido sus empleos, numerosas empresas quebraron y muchos intelectuales comenzaron a cuestionar si el modelo liberal tradicional era suficiente para enfrentar los desafíos del siglo XX.
En ese contexto apareció una generación de pensadores que buscó reformular ciertas ideas liberales sin abandonar sus principios fundamentales. Uno de ellos fue el economista alemán Alexander Rüstow, quien participó en el Coloquio Walter Lippmann celebrado en París en 1938. Durante aquellas discusiones surgió la idea de construir un "nuevo liberalismo" o, utilizando el término de la época, un "neoliberalismo".
La propuesta era sencilla en teoría, aunque compleja en la práctica. Se mantenía la defensa de la propiedad privada, la libre competencia y la economía de mercado, pero se aceptaba que el Estado debía desempeñar un papel más activo que el contemplado por algunos defensores del liberalismo clásico del siglo XIX.
Para estos pensadores, el Estado debía garantizar la competencia, impedir monopolios, proteger el marco jurídico y evitar que determinados actores económicos acumularan un poder excesivo capaz de distorsionar el mercado. No se trataba de reemplazar el mercado por la planificación estatal, sino de crear un orden económico donde la competencia pudiera funcionar adecuadamente.
Esta corriente tuvo especial influencia en Alemania después de la Segunda Guerra Mundial. Economistas como Walter Eucken y otros representantes del ordoliberalismo defendieron la idea de una economía de mercado respaldada por instituciones sólidas y reglas claras. El llamado milagro económico alemán de la posguerra estuvo influido, al menos parcialmente, por estas ideas.
Sin embargo, la historia del término no termina allí.
Con el paso de las décadas, la palabra "neoliberalismo" comenzó a transformarse. A partir de los años setenta y ochenta, muchos académicos y críticos empezaron a utilizarla para referirse a las políticas de apertura económica, privatizaciones, reducción del gasto público, liberalización comercial y desregulación impulsadas en diversos países.
Paradójicamente, muchos de los economistas asociados a esas reformas nunca se definieron como neoliberales. Milton Friedman prefería llamarse liberal. Friedrich Hayek también rechazaba numerosas etiquetas que consideraba confusas. Incluso dentro de la propia tradición liberal existían diferencias importantes respecto al papel que debía desempeñar el Estado.
Por eso resulta difícil encontrar una definición universalmente aceptada de neoliberalismo. Dependiendo de quién utilice la palabra, puede significar cosas completamente distintas.
Para algunos es una actualización del liberalismo clásico. Para otros es una etapa particular del capitalismo contemporáneo. Para muchos activistas políticos se ha convertido simplemente en un término utilizado para describir cualquier política económica que favorezca los mercados.
Y es precisamente allí donde surge gran parte de la confusión actual.
Hoy se culpa al "neoliberalismo" de fenómenos tan diversos como la desigualdad, la corrupción, las crisis económicas, la pobreza, los monopolios, la concentración empresarial e incluso problemas que existían mucho antes de que la palabra se popularizara. El término se ha convertido en una especie de cajón de sastre donde cabe todo aquello que se desea criticar.
Sin embargo, cuando observamos algunos de los países que han alcanzado mayores niveles de prosperidad durante las últimas décadas, encontramos elementos asociados a la libertad económica, apertura comercial, seguridad jurídica, protección de la propiedad privada, estabilidad monetaria y facilidad para emprender.
Países como Singapur, Irlanda, Suiza o Nueva Zelanda construyeron gran parte de su desarrollo apoyándose en instituciones que favorecen la inversión, la competencia y la iniciativa privada. Evidentemente, cada uno posee características propias y ningún modelo es perfecto, pero resulta difícil ignorar la relación existente entre libertad económica y crecimiento sostenido.
Esto no significa que los mercados sean infalibles ni que toda intervención estatal sea negativa. Significa simplemente que las etiquetas suelen simplificar debates mucho más complejos de lo que aparentan.
Por eso resulta curioso que tanto la izquierda como la derecha se equivoquen con frecuencia al hablar del tema. Unos utilizan la palabra como una especie de insulto automático para desacreditar cualquier política favorable al mercado. Otros niegan su existencia histórica o afirman que fue inventada exclusivamente por sus adversarios políticos. Ambas posturas ignoran hechos fácilmente verificables.
La historia demuestra que el término neoliberalismo sí existió, que nació dentro de ciertos círculos liberales europeos y que posteriormente adquirió significados distintos a los que tuvo en su origen. Esa es la realidad histórica, independientemente de las simpatías o antipatías que el concepto genere.
Con todo este contexto, queda claro que buena parte del debate político actual se desarrolla sobre definiciones equivocadas. Muchas veces se habla de neoliberalismo cuando en realidad se quiere hablar de mercantilismo, corporativismo o capitalismo de amigos. Se condenan privilegios empresariales creados por el poder político y luego se culpa al libre mercado por sus consecuencias, cuando precisamente esos privilegios representan una distorsión de la competencia.
Espero que después de leer estas líneas haya quedado más claro qué significa realmente la palabra neoliberalismo y cuál es su origen histórico. Sobre todo, espero que deje de utilizarse como una etiqueta vacía para describir cualquier fenómeno económico que no nos guste.
Porque si vamos a criticar una idea, lo mínimo es entenderla primero. Y si vamos a debatir sobre liberalismo, hagámoslo sobre lo que realmente propone y no sobre caricaturas construidas para desacreditarlo.
Después de todo, la historia ha demostrado que las sociedades que han abrazado mayores grados de libertad económica, respeto por la propiedad privada y apertura al comercio han sido también las que más prosperidad han generado y las que han logrado sacar de la pobreza a millones de personas. Esa discusión merece darse con argumentos, con datos y con rigor histórico, no con etiquetas repetidas hasta el cansancio.
Sr. Josue
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