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Política junio 06, 2026

Neoliberalismo

Neoliberalismo
Sr. Josue
POR Sr. Josue COLABORADOR COLUMNISTA • INTERREGNO
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[[La palabra que todos usan y pocos entienden.]]
Hay palabras que con el tiempo dejan de ser conceptos para convertirse en consignas. Se repiten tantas veces que terminan adquiriendo una vida propia, aunque quienes las utilizan muchas veces no sepan exactamente qué significan. Una de ellas es "neoliberalismo".

La palabra aparece constantemente en discursos políticos, debates universitarios, programas de televisión y redes sociales. Se utiliza para explicar la desigualdad, la pobreza, las crisis económicas, la corrupción e incluso problemas que existían mucho antes de que el término se popularizara. Sin embargo, cuando se pide una definición concreta, las respuestas suelen ser vagas, contradictorias o directamente erróneas. Lo más llamativo es que muchas de las críticas dirigidas al neoliberalismo terminan apuntando a fenómenos completamente distintos. Se responsabiliza al libre mercado de prácticas que en realidad tienen más relación con los privilegios políticos, la intervención estatal y la ausencia de competencia. Por eso, antes de defender o rechazar una idea, conviene entender qué significa realmente y cuál es su origen.

Uno de los errores más comunes consiste en confundir el neoliberalismo con el llamado capitalismo de amigos. Este concepto describe una situación en la que determinadas empresas obtienen beneficios especiales gracias a su cercanía con el poder político. Subsidios, monopolios legales, contratos privilegiados, barreras para nuevos competidores o regulaciones diseñadas a medida son algunas de sus manifestaciones más frecuentes. Se trata de un fenómeno real que merece ser criticado, pero resulta equivocado presentarlo como una consecuencia inevitable del libre mercado cuando precisamente surge porque existe una autoridad capaz de repartir privilegios.

Los ejemplos abundan en distintas épocas y bajo gobiernos de muy diferentes orientaciones ideológicas. Durante gran parte del siglo XX, varios países latinoamericanos aplicaron políticas de sustitución de importaciones con el objetivo de proteger la industria nacional. La intención era fomentar el desarrollo económico mediante aranceles elevados y restricciones a los productos extranjeros. En muchos casos ocurrió exactamente lo contrario de lo que se esperaba. Las empresas protegidas dejaron de competir en igualdad de condiciones y comenzaron a depender de la protección estatal para sobrevivir. Como consecuencia, los consumidores terminaron pagando precios más altos por productos de menor calidad mientras la innovación y la productividad se estancaban.

Fenómenos similares pueden encontrarse en otros lugares del mundo. En Cuba, por ejemplo, el conglomerado empresarial GAESA ha llegado a controlar sectores estratégicos de la economía gracias a su estrecha relación con el aparato estatal. En numerosos países también existen empresas que prosperan no por ofrecer mejores productos o servicios, sino por mantener vínculos privilegiados con el poder político. Cuando el Estado decide quién recibe beneficios especiales y quién debe enfrentarse a obstáculos adicionales, la competencia deja de ser verdaderamente libre. No importa si el discurso oficial es socialista, nacionalista, conservador o progresista. El resultado suele ser el mismo. Un grupo reducido acumula privilegios mientras el resto compite en condiciones desiguales.

Precisamente por esta razón resulta importante preguntarse qué es realmente el neoliberalismo. Para responder con seriedad conviene abandonar los eslóganes y regresar a la historia. Contrario a una creencia bastante extendida, el término no nació con Ronald Reagan ni con Margaret Thatcher. Tampoco surgió durante la Guerra Fría. Su origen es anterior y está relacionado con una etapa de profunda reflexión dentro del propio pensamiento liberal.

Después de la crisis económica de 1929, el liberalismo clásico quedó bajo una enorme presión. Millones de personas perdieron sus empleos, miles de empresas quebraron y gran parte de la opinión pública comenzó a cuestionar si las ideas liberales tradicionales eran suficientes para afrontar los desafíos del siglo XX. En ese contexto apareció una generación de intelectuales que intentó renovar algunos aspectos del liberalismo sin abandonar sus principios fundamentales. Entre ellos destacó el economista alemán Alexander Rüstow, quien participó en el Coloquio Walter Lippmann celebrado en París en 1938. Durante aquellas discusiones comenzó a utilizarse el término "neoliberalismo" para describir una versión renovada del liberalismo adaptada a las nuevas circunstancias económicas y sociales.

La propuesta no consistía en eliminar el mercado ni en sustituirlo por una economía planificada. Tampoco defendía un Estado omnipresente capaz de dirigir cada aspecto de la vida económica. Lo que planteaba era que la libertad económica necesitaba instituciones sólidas para funcionar correctamente. La propiedad privada, la libre competencia y la iniciativa individual seguían siendo pilares fundamentales. Al mismo tiempo, se reconocía que el Estado debía garantizar reglas claras, proteger el marco jurídico e impedir la formación de monopolios que pudieran distorsionar el funcionamiento de los mercados.

Estas ideas influyeron posteriormente en el desarrollo del llamado ordoliberalismo alemán. Tras la Segunda Guerra Mundial, Alemania Occidental construyó gran parte de su modelo económico sobre principios relacionados con la estabilidad monetaria, el respeto a las instituciones y la competencia. Naturalmente, el espectacular crecimiento alemán tuvo múltiples causas. La reconstrucción europea, el Plan Marshall y el contexto internacional desempeñaron un papel importante. Sin embargo, también resulta difícil ignorar la contribución de un marco institucional que favorecía la inversión, la producción y la actividad empresarial.

Con el paso de las décadas, el significado de la palabra comenzó a transformarse. Durante los años setenta y ochenta, numerosos académicos y críticos empezaron a utilizar el término para referirse a políticas de apertura comercial, privatizaciones, reducción del gasto público y desregulación económica. Desde entonces, neoliberalismo pasó a significar cosas distintas según el contexto y según quién lo utilizara. El problema es que, a medida que el concepto se popularizó, fue perdiendo precisión. Muchos de los economistas que hoy suelen ser catalogados como neoliberales jamás se identificaron de esa manera. Milton Friedman prefería llamarse liberal. Friedrich Hayek también desconfiaba de etiquetas que consideraba ambiguas. Incluso dentro de la propia tradición liberal existían desacuerdos importantes sobre cuál debía ser el papel del Estado.

Esa falta de consenso explica buena parte de la confusión actual. Dependiendo del interlocutor, el neoliberalismo puede referirse a una corriente intelectual específica, a un conjunto de reformas económicas o simplemente a una palabra utilizada para desacreditar al adversario político. Con el tiempo, el término ha terminado convirtiéndose en una especie de explicación universal para cualquier problema económico o social. Se le atribuye la desigualdad, la corrupción, las crisis financieras, la pobreza, la concentración empresarial y prácticamente cualquier fenómeno negativo que ocurra dentro de una economía moderna.

Sin embargo, esta forma de analizar la realidad suele ignorar hechos difíciles de pasar por alto. Cuando se observan los países que han alcanzado mayores niveles de prosperidad durante las últimas décadas aparecen ciertos elementos recurrentes. La seguridad jurídica, el respeto por la propiedad privada, la estabilidad monetaria, la apertura al comercio internacional y la facilidad para emprender forman parte de las características presentes en muchas de las economías más exitosas del mundo.

Singapur constituye uno de los ejemplos más conocidos. En la década de 1960 era un pequeño territorio sin recursos naturales significativos y con enormes desafíos económicos. Hoy figura entre los países con mayor ingreso por habitante del planeta. Irlanda experimentó una transformación similar al atraer inversión extranjera y favorecer el crecimiento empresarial. También pueden mencionarse casos como Suiza, Nueva Zelanda o Estonia. Ninguno de estos países es perfecto y todos enfrentan problemas propios. Sin embargo, existe una relación evidente entre la calidad de sus instituciones económicas y los niveles de prosperidad alcanzados.

Esto no significa que los mercados sean infalibles ni que toda intervención estatal sea perjudicial. Tampoco implica que exista una fórmula única para alcanzar el desarrollo. Lo que sí demuestra la experiencia histórica es que las explicaciones simplistas suelen ser insuficientes para comprender fenómenos complejos. Como advirtió Friedrich Hayek en Camino de servidumbre, una sociedad libre requiere instituciones capaces de limitar la concentración del poder y permitir que los individuos tomen decisiones por sí mismos. Puede discutirse el alcance de esa afirmación, pero la evidencia histórica muestra que las sociedades más abiertas han generado mayores oportunidades de progreso que aquellas donde el Estado concentra la mayor parte de las decisiones económicas.

Por esa razón resulta llamativo que el debate público continúe girando alrededor de caricaturas. Algunos utilizan la palabra neoliberalismo como un insulto automático para desacreditar cualquier propuesta favorable al mercado. Otros responden negando la existencia histórica del término o afirmando que fue una invención reciente de sus adversarios políticos. Ninguna de estas posiciones contribuye a comprender el fenómeno. Los hechos son bastante más simples. El neoliberalismo existió como corriente intelectual, nació dentro de determinados círculos liberales europeos y posteriormente adquirió significados diferentes según la época y el contexto político. Ignorar cualquiera de estas etapas implica ignorar una parte importante de la realidad.

Buena parte de las discusiones actuales sobre neoliberalismo se desarrollan sobre definiciones equivocadas. Con frecuencia se atribuyen al libre mercado problemas que en realidad provienen de privilegios concedidos por el poder político. Se critica el capitalismo de amigos y luego se responsabiliza a la competencia por las consecuencias de esas mismas distorsiones. El resultado es un debate cada vez más cargado de consignas y cada vez más alejado de los hechos.

Toda crítica seria comienza por comprender aquello que se pretende cuestionar. Si el objetivo es debatir sobre liberalismo, mercados o intervención estatal, la discusión debería apoyarse en argumentos, datos e historia, no en etiquetas vacías repetidas hasta el cansancio. Después de todo, las sociedades que han logrado mayores niveles de prosperidad no lo hicieron gracias a eslóganes ideológicos. Lo consiguieron construyendo instituciones sólidas, garantizando reglas estables, protegiendo la propiedad privada y permitiendo que millones de personas pudieran trabajar, invertir, innovar e intercambiar libremente.

Tal vez la lección más importante sea también la más simple. Antes de condenar una idea, conviene entenderla. Y antes de convertir una palabra en la explicación de todos los problemas, vale la pena preguntarse si realmente estamos hablando de esa palabra o de algo completamente distinto.

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