Durante buena parte del último siglo, la izquierda construyó su identidad alrededor de una idea sencilla y poderosa: ponerse del lado de quienes tenían menos poder. Los trabajadores, los pobres, los inmigrantes y distintas minorías encontraron allí un discurso que prometía igualdad de trato, oportunidades y rechazo a cualquier forma de discriminación. Esa imagen sigue siendo una de las principales fuentes de legitimidad moral de la izquierda contemporánea y explica por qué todavía muchas personas la asocian con valores como la inclusión, la empatía y la justicia social.Cuando el pobre es de derecha, la izquierda se vuelve clasista.Cuando el negro es de derecha, la izquierda se vuelve racista.Cuando el inmigrante es de derecha, la izquierda se vuelve xenófoba.Cuando el homosexual es de derecha, la izquierda se vuelve homófoba.
Precisamente por eso resulta llamativo observar algunas conductas que se han vuelto cada vez más frecuentes en ciertos sectores de la izquierda actual. Existe una diferencia importante entre defender a las personas y defender una identidad política determinada. La primera actitud implica respetar la libertad de cada individuo para tomar sus propias decisiones. La segunda suele exigir adhesión a una serie de ideas consideradas correctas. Cuando eso ocurre, el compromiso con la inclusión empieza a mostrar límites que antes parecían no existir.
Basta observar algunos debates públicos de los últimos años para notar una tensión difícil de ignorar. Se habla constantemente de diversidad, pero la diversidad parece detenerse cuando aparecen opiniones incómodas. Se celebra la pluralidad cultural, social o sexual, aunque muchas veces no existe el mismo entusiasmo cuando se trata de aceptar diferencias políticas. Poco a poco, la discusión deja de girar alrededor de las personas y comienza a girar alrededor de su grado de conformidad con determinadas ideas.
La hipocresía, por supuesto, no es exclusiva de ninguna corriente política. Ha existido siempre y seguirá existiendo. Lo que vuelve particularmente interesante este fenómeno es que suele venir acompañado de una fuerte convicción moral. Cuando alguien llega a creer que representa el lado correcto de la historia, corre el riesgo de dejar de ver a quienes piensan distinto como personas razonables que llegaron a conclusiones diferentes y empieza a considerarlos un problema que debe ser corregido.
Las redes sociales han amplificado enormemente esa tendencia. Basta pasar unos minutos en X, Facebook o TikTok para encontrar ejemplos. Una opinión desafortunada, una frase sacada de contexto o una postura que se aparta de ciertos consensos puede desencadenar una avalancha de ataques. En muchos casos ya no importa comprender lo que una persona quiso decir. Lo importante es identificar al culpable y demostrar públicamente quién posee la superioridad moral dentro de la discusión.
Quizá ninguna práctica refleja mejor esta dinámica que la llamada cultura de la cancelación. Resulta difícil no percibir la contradicción cuando personas que hablan constantemente de empatía participan activamente en campañas destinadas a destruir reputaciones, aislar socialmente a alguien o poner en riesgo su trabajo por una opinión considerada inaceptable. Se pide comprensión para unos, pero se niega para otros. Se exige sensibilidad frente a determinados errores mientras se celebra la humillación pública de quienes cometen errores distintos.
Todo esto sería menos llamativo si quienes impulsan estas prácticas no se presentaran al mismo tiempo como defensores de la diversidad. Sin embargo, la diversidad que se promueve parece tener una condición implícita. Puede abarcar diferentes culturas, orientaciones sexuales, estilos de vida o identidades, siempre que las conclusiones políticas permanezcan dentro de ciertos límites. Cuando alguien cruza esa frontera, el entusiasmo por la pluralidad suele desaparecer con sorprendente rapidez.
Esa incoherencia se vuelve especialmente visible en la relación de algunos sectores de izquierda con las personas de menores recursos. Durante años se ha insistido en que los pobres necesitan representación política y que sus voces deben ser escuchadas. Sin embargo, cuando una persona humilde apoya ideas liberales o conservadoras, con frecuencia deja de ser vista como alguien digno de atención y pasa a convertirse en objeto de burlas o condescendencia. De repente aparecen comentarios sobre su falta de educación, sobre su supuesta ignorancia o sobre su incapacidad para comprender aquello que realmente le conviene.
El mensaje que subyace detrás de esas reacciones resulta difícil de ocultar. Los pobres tienen derecho a opinar siempre que lleguen a las conclusiones esperadas. Si apoyan a la izquierda son ciudadanos conscientes. Si apoyan a la derecha son víctimas de manipulación. Es una actitud curiosamente paternalista para quienes afirman defender la autonomía de las personas. En el fondo, parece existir una enorme dificultad para aceptar que alguien pueda conocer su realidad y aun así elegir un camino político distinto.
Algo similar ocurre cuando quienes se apartan del guion pertenecen a minorías raciales. Durante años se nos ha recordado, con razón, que nadie debería ser definido por el color de su piel. Sin embargo, cuando una persona afrodescendiente expresa posiciones conservadoras o liberales, no son pocos los que reaccionan como si hubiese traicionado una causa colectiva. Surgen comentarios paternalistas, cuestionamientos sobre su conciencia política o insinuaciones de que no entiende cuáles deberían ser sus verdaderos intereses.
Hay algo profundamente contradictorio en esa actitud. Si realmente creemos que las personas son individuos y no simples representantes de un grupo, entonces también debemos aceptar que pueden llegar a conclusiones distintas. Esperar que millones de personas compartan las mismas ideas únicamente porque pertenecen a una determinada categoría racial no es una muestra de respeto. Es otra forma de reducir a alguien a una etiqueta.
La lógica se repite con frecuencia en el caso de los inmigrantes. Pocas experiencias humanas son tan difíciles como abandonar el propio país para comenzar de nuevo en otro lugar. Quien migra suele dejar atrás afectos, costumbres y una parte importante de su vida. Sin embargo, basta con que algunos inmigrantes expresen opiniones alejadas del progresismo para que la solidaridad desaparezca. No es difícil encontrar en redes sociales a personas que un día condenan las deportaciones y al día siguiente desean la expulsión de un inmigrante porque apoya a un candidato de derecha. La empatía parece depender menos de la situación humana de la persona que de sus preferencias políticas.
Algo parecido sucede con homosexuales que mantienen posiciones conservadoras o liberales. Mientras encajan dentro de determinados relatos políticos son presentados como ejemplos de diversidad. Cuando expresan opiniones distintas, comienzan a recibir críticas que poco tienen que ver con su orientación sexual y mucho con sus ideas. De pronto dejan de ser celebrados por ejercer su libertad y empiezan a ser cuestionados precisamente por utilizar esa libertad de una manera inesperada.
Todos estos casos comparten un mismo patrón. Se defiende el derecho de las personas a vivir como quieran, pero no siempre existe la misma disposición a respetar su derecho a pensar como quieran. Se celebra la autonomía cuando conduce a determinadas conclusiones y se cuestiona cuando conduce a otras. La libertad parece valer más para unas decisiones que para otras.
A primera vista podría parecer una simple pelea política o una discusión más en redes sociales. El problema es que esa actitud termina moldeando la forma en que convivimos con quienes tienen opiniones diferentes. Una sociedad abierta necesita ciudadanos capaces de aceptar el desacuerdo sin convertirlo en una batalla moral. Cuando la descalificación sustituye al debate y el señalamiento reemplaza a los argumentos, el espacio para intercambiar ideas se vuelve cada vez más pequeño.
No deja de ser interesante que esta situación haya sido advertida mucho antes de que existieran las redes sociales. En Sobre la libertad, publicado en 1859, el filósofo inglés John Stuart Mill escribió que si toda la humanidad compartiera una misma opinión y una sola persona pensara diferente, la humanidad no tendría más derecho a silenciar a esa persona que ella a silenciar a toda la humanidad. Más de siglo y medio después, la reflexión conserva una vigencia sorprendente porque recuerda algo fundamental. La libertad de expresión no fue creada para proteger las opiniones populares. Fue creada para proteger aquellas opiniones que la mayoría preferiría no escuchar.
La crítica, por tanto, no es contra la igualdad, la inclusión o la dignidad humana. Todo lo contrario. Es precisamente porque esos valores son importantes que resulta necesario señalar las incoherencias que aparecen cuando se utilizan como banderas políticas, pero se abandonan en cuanto alguien deja de encajar dentro del relato esperado. No existe nada progresista en insultar a un pobre porque vota diferente. No existe nada antirracista en atacar a una persona negra porque sostiene opiniones conservadoras. No existe nada solidario en desear la deportación de un inmigrante por razones ideológicas. Tampoco existe nada tolerante en intentar silenciar a quien piensa distinto.
Los valores en los que realmente creemos suelen ponerse a prueba en los momentos más incómodos. No cuando defendemos a quienes están de acuerdo con nosotros, sino cuando nos encontramos frente a personas que sostienen ideas que rechazamos. Es ahí donde descubrimos si creemos de verdad en la libertad o si simplemente nos gusta cuando la libertad produce resultados que coinciden con nuestras preferencias.
Si realmente aspiramos a una sociedad más abierta, será necesario abandonar esa costumbre de dividir a las personas entre virtuosos y condenables según la cédula que depositan en una urna o las opiniones que publican en internet. Ningún grupo posee el monopolio de la virtud y ninguna ideología debería situarse por encima del derecho de cada individuo a pensar por sí mismo.
La diversidad pierde buena parte de su significado cuando deja fuera la libertad para disentir. En ese momento deja de ser una defensa de la pluralidad y empieza a parecerse a una nueva forma de conformismo ideológico. Al final, el respeto por la libertad no se demuestra escuchando a quienes nos dan la razón. Se demuestra cuando somos capaces de respetar a quienes nos contradicen. Quien solo tolera las opiniones que comparte no está defendiendo la libertad. Simplemente está buscando una manera más elegante de imponer su propia verdad.