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Política junio 29, 2026

Tinta, papel y populismo

Tinta, papel y populismo
Sr. Josue
POR Sr. Josue COLABORADOR COLUMNISTA • INTERREGNO
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[[La trágica ilusión de intentar curar la miseria decretando la riqueza desde un banco central.]]
De niño solía hacerme una pregunta que, en su momento, me parecía la solución definitiva a todos los males del mundo. Me decía que si el dinero sirve para comprar comida y el gobierno es quien fabrica el dinero, ¿por qué simplemente no imprimen billetes para todos y acabamos con la pobreza para siempre? Era un pensamiento hermoso en su simplicidad. La inocencia de la infancia nos permite ver el mundo a través de la magia y la inmediatez, impidiéndonos comprender que la economía opera bajo leyes mucho más frías. Pero al crecer uno entiende que el dinero no es la riqueza en sí misma, sino apenas una representación de ella.
En nuestra historia reciente hemos visto que esa lógica infantil ha sobrevivido a la adultez y, peor aún, se ha instalado en los palacios de gobierno. A lo largo de las últimas décadas en América Latina, una facción considerable del populismo de izquierda ha construido su proyecto político sobre esta misma ilusión. Encienden la maquinaria estatal para imprimir millones de billetes bajo la creencia, o la excusa, de que inyectar papel en las calles es equivalente a generar riqueza. Los números en las cuentas bancarias crecen, los salarios nominales se multiplican, pero la realidad económica es otra.
Hace ya mucho tiempo que economistas como Milton Friedman explicaron que la inflación es siempre y en todo lugar un fenómeno monetario. La trampa es matemática: si un gobierno imprime más billetes sin que el país produzca un solo bien o servicio adicional, no está creando riqueza nueva, simplemente está diluyendo el valor del dinero que ya existe. La moneda pierde su significado. El billete que ayer compraba un pan, hoy apenas cubre el precio de las migajas, obligando a los ciudadanos a cargar con fajos enteros de papel sin valor para realizar las compras más elementales de la canasta familiar.
El fracaso de esta negación de la realidad no es una teoría abstracta, sino una realidad visible y dolorosa en nuestro propio continente. Venezuela es el ejemplo más sombrío a esta práctica. Una nación asentada sobre recursos colosales fue desmantelada por un proyecto autoritario que prometió redimir a los pobres, pero terminó multiplicando la miseria.
En este país la mecánica del desastre fue metódica, porque mientras se asfixiaba a la empresa privada y se detenía la producción en nombre de la revolución, la cúpula gobernante acumulaba fortunas y lujos que rivalizaban con las oligarquías que decían combatir. Cuando el dinero real fruto de las exportaciones se agotó, el régimen recurrió a la imprenta. El resultado no fue la abundancia, sino una hiperinflación inimaginable que vació los supermercados y forzó a millones a huir caminando a través de las fronteras, buscando la vida digna que su propio Estado les había expropiado.
Argentina sufrió lo mismo cuando la izquierda llegó al gobierno. Allí, el método fue el clientelismo sistémico. Al tomar el control, el Estado fue concebido no como un administrador de los recursos públicos, sino como un botín. Se multiplicaron los ministerios irrelevantes y se crearon estructuras burocráticas cuya única función era repartir empleos y asegurar lealtades electorales. La estrategia recuerda a la fábula de la rata que cae dentro de un silo repleto de grano; come con tanta desesperación y avaricia que engorda hasta quedar atrapada en su propio festín, condenada a morir en el fondo de un agujero que ella misma se negó a abandonar.
El populismo opera exactamente igual, devorando las reservas del Estado para financiar una falsa ilusión de bienestar social, acostumbrando a una parte de la población a depender de los subsidios en lugar del trabajo. Es un sistema que funciona perfectamente en el corto plazo y garantiza victorias en las urnas. El problema es que, eventualmente, el dinero de los demás se acaba. Cuando las arcas quedaron vacías, el gobierno argentino no recortó sus excesos, sino que encendió la máquina de imprimir pesos, desatando una feroz inflación que terminó empujando a la miseria a las mismas clases populares que juraba proteger.
Ante la evidencia del colapso, los arquitectos de estas políticas rara vez asumen su responsabilidad. La narrativa cambia rápidamente para buscar un chivo expiatorio, y la culpa de la pobreza repentinamente recae sobre el capitalismo. Se afirma que el libre mercado oprime a los pueblos y que debe desaparecer. Es una ironía enorme, porque es precisamente el sistema capitalista el único que ha demostrado ser capaz de generar la riqueza que el populismo intenta simular con tinta.
Incluso las voces históricas de la propia izquierda han tenido que rendirse ante la contundencia de esta realidad. El expresidente uruguayo José Mujica, un hombre forjado en el socialismo, reconoció en una entrevista la naturaleza "gloriosa" del capitalismo por su inigualable capacidad para multiplicar los recursos. Mencionaba que no se podía ser tan bobo como para asfixiar al empresario en el afán de repartir la riqueza, porque al matar a la gallina de los huevos de oro, la economía entera colapsa.
Imprimir dinero para curar la pobreza es como beber agua de mar para calmar la sed: el alivio dura un instante, pero acelera irreversiblemente la agonía. La verdadera prosperidad de una nación no se decreta en una imprenta gubernamental. Requiere el trabajo silencioso de producir, innovar y respetar las leyes fundamentales de la economía, alejándose de una vez por todas de la peligrosa fantasía de que podemos volver a ser niños y solucionar el mundo dibujando números en pedazos de papel.
Fin de la columna Interregno © 2026
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