Recuerdo con precisión dos reflexiones suyas que marcaron mi punto de quiebre. En una de ellas, con una franqueza que la izquierda moderna es incapaz de tolerar, dijo: "Es glorioso el capitalismo, es capaz de sacarle el jugo a las contradicciones más grandes que puede haber. Nosotros estábamos soñando, luchando contra el capitalismo y el capitalismo estaba haciendo registradora con nuestra lucha". Tuvo que llegar a viejo para entender la asombrosa flexibilidad de un sistema capaz de innovar, prosperar y hacer dinero hasta con la rebeldía de quienes intentan destruirlo.
En otra ocasión, Mujica relató la historia de un anciano empresario, un "burgués poderoso" que a los 96 años fundó una fábrica de 80 millones de dólares. Sabiendo que la muerte le pisaba los talones, el viejo dijo a sus hijos que, cuando falleciera, no detuvieran la producción por su duelo. Mujica, desarmado ante esa ética de trabajo inquebrantable, sentenció: "Gente como esta resuelve problemas que yo no tengo capacidad ni fuerza para resolver. Si algún día hay fuerzas que los puedan suplantar con ventaja, vamos arriba. Pero si no, vas para atrás". Y remató con una frase lapidaria para cualquier zurdo trasnochado: "Yo seré socialista, pero no quiero ser bobo. Porque si por querer repartir exprimo demasiado, me quedo con menos para repartir".
Me sorprendió escuchar esto de un exguerrillero, un ídolo absoluto de la progresía internacional. Pero Mujica, con todas sus taras y su apoyo a regímenes indefendibles, tenía momentos de lucidez pragmática. Hablaba de austeridad y vivía en la austeridad, a diferencia de los hipócritas de caviar que hoy saturan la política. Cuando le tocó ser presidente, no se disfrazó de majestad; vivió sin los lujos ni los protocolos que la izquierda tanto critica en el discurso y tanto disfruta en el poder.
Si hago tanto énfasis en este viejo tupamaro es porque sus palabras me confirmaron la superioridad moral y práctica del libre mercado. Pero, más importante aún, su lógica sirve para desnudar y ridiculizar al que fuera su gran amigo y comandante: Fidel Castro.
Si usamos el léxico de Mujica, Fidel fue un "bobo". Aunque, para ser precisos, llamarlo bobo es un halago inmerecido para un psicópata ideológico. Fidel fue un tirano que asaltó el poder por la fuerza y con esa misma fuerza condenó a su pueblo. Y la prueba definitiva de su miseria moral ocurrió en 1980, un episodio que la izquierda internacional se esfuerza patéticamente en ocultar.
Tras el desastre económico de los años 70 y el éxodo del Mariel, la dictadura estaba acorralada. Para evitar el colapso total, Castro permitió la creación de los Mercados Libres Campesinos. La base era netamente capitalista: los agricultores, tras entregar una cuota obligatoria al Estado, podían vender sus excedentes directamente al público y al precio que dictara la oferta y la demanda. ¿El resultado? Un éxito rotundo y humillante para el comunismo.
Por primera vez en años, las mesas cubanas vieron abundancia. La economía creció un inédito 7.3%, una cifra marciana para la improductividad crónica de la isla. El modelo capitalista demostró en cuestión de meses lo que el Estado centralizado no había logrado en años: alimentar a la gente y sacarla de la miseria.
Pero este milagro aterró a Castro. El dictador comprendió rápidamente la regla que todo liberal conoce: la libertad económica es la madre de la libertad política. Un ciudadano que no depende de las migajas del Estado para comer, es un ciudadano que ya no puede ser controlado ni chantajeado. Preso de su paranoia y viendo amenazado su poder absoluto, Fidel liquidó los mercados libres en 1986. ¿La excusa? Acusó a los campesinos exitosos de ser "macetas" (nuevos ricos) y contrarrevolucionarios que se enriquecían a costa del pueblo. Así de perversa y malvada es la mentalidad socialista: prefirieron estrangular la producción y devolver a la población al hambre, antes que permitir que un solo individuo fuera económicamente independiente. Destruyeron el progreso por puro terror a perder el monopolio de la dependencia.
Hoy, la izquierda internacional oculta celosamente esta realidad. Prefieren sostener la farsa de que el colapso cubano es culpa de las sanciones estadounidenses —a las que engañosamente llaman "bloqueo"—, todo para no admitir que sus ideas retrógradas son una fábrica inagotable de fracasos.
Y esta es exactamente la misma izquierda hipócrita que padecemos hoy. Son la encarnación de esos "bobos" que mencionaba Mujica, pero con una maldad calculada. Lo único que les interesa es su narrativa. Se llenan la boca diciendo que quieren erradicar la pobreza, pero cuando un pobre prospera por mérito propio, gracias al libre mercado, lo desprecian. Lo acusan de "facho", de desclasado, y lo ven como un enemigo a destruir.
Ahí radica la gran estafa progresista: no odian la pobreza, la necesitan. Si el pobre deja de ser pobre, ellos desaparecen. Se esfuman sus discursos victimistas, sus ministerios inútiles y sus jugosos privilegios. Saben perfectamente que su supervivencia política y parasitaria depende de mantener a la gente encadenada a la miseria, para luego venderles la ilusión de que ellos son sus salvadores.