[[La elección de Keiko Fujimori tras tres intentos fallidos podría significar el final de un ciclo político]]
Las eras
políticas rara vez terminan de un día para otro. No existe una ceremonia
oficial que anuncie el cierre de un ciclo; sin embargo, hay momentos que,
vistos con cierta perspicacia, parecen marcar el final de una etapa. La
juramentación de Keiko Fujimori como presidenta de la república podría ser uno
de ellos. No solo porque pone fin a una larga etapa de intentos por alcanzar el
poder por parte de Keiko Fujimori, sino porque invita a preguntarnos si el Perú
está dejando atrás un ciclo en el que el fujimorismo y, sobre todo, el
antifujimorismo, se convirtieron en uno de los principales ejes de la política
nacional.
Mas que un
movimiento homogéneo, el antifujimorismo funcionó como un punto de encuentro
entre actores políticos muy distintos entre sí. Liberales, socialistas,
socialdemócratas, nacionalistas e indigenistas, entre otros, encontraron un
espacio común en el rechazo al legado político de Alberto Fujimori. Si bien el
rechazo a Fujimori se intensificó durante los últimos meses de su mandato,
especialmente tras las cuestionadas elecciones del año 2000 y la difusión de
los llamados “vladivideos”, fue la irrupción en política de Keiko Fujimori lo
que terminó por darle un nuevo impulso a este fenómeno. Su candidatura
presidencial en 2011 reactivó un antagonismo que marcaría las siguientes
elecciones presidenciales.
Sin embargo,
ningún eje político permanece vigente para siempre. Cuando una corriente
encuentra en el rechazo a un adversario su principal elemento de cohesión,
tarde o temprano necesita ofrecer algo más que oposición. De lo contrario,
corre el riesgo de agotarse. A ello se le suma un factor que suele pasar
desapercibido: el cambio generacional. Una parte del electorado actual no vivió
los años noventa o los recuerda apenas de manera fragmentaria, por ende, este
debate no tiene la misma carga emocional que tiene para quienes vivieron
conscientemente esos años. Finalmente, hecho de que los sucesivos gobiernos que
llegaron presentándose, en distinta medida, como una alternativa distinta al
fujimorismo no lograron consolidar un relato de superioridad ética. Los casos
de corrupción, las crisis políticas y los reiterados episodios de inestabilidad
terminaron erosionando la credibilidad de buena parte de la clase política
surgida después del año 2000.
El triunfo de
Keiko Fujimori tampoco significa que el fujimorismo no tenga problemas. De
hecho, muchas de sus fortalezas esconden también sus propias debilidades. El
mismo pragmatismo que le permitió adaptarse a escenarios políticos cambiantes y
conservar una importante base electoral, también muestra una escasa identidad
doctrinaria. Por lo mismo al partido solo le ha quedado reforzar un rasgo que
lo acompaña desde sus orígenes: el profundo personalismo. Paradójicamente, el
partido más grande del Perú también es el más dependiente de una sola persona.
El fujimorismo ha demostrado una enorme resiliencia. Ha pasado por derrotas
electorales, crisis judiciales y hasta el encarcelamiento de su lideresa; pero
también ha tenido una enorme dificultad para proyectar liderazgos que
trasciendan el apellido Fujimori. Basta con observar su desempeño en las
elecciones municipales y regionales, donde su influencia suele diluirse.
En una campaña
marcada por el lema “La fuerza del orden”, el fujimorismo llegó a esta elección
con una ventaja política evidente: podía señalar los errores del gobierno sin
cargar con el peso de la gestión; pero desde el 28 de julio esta explicación
dejará de existir. A partir de ahora el fujimorismo ya no podrá definirse por
su condición de oposición, sino por cómo gobierne.
Quizá estemos,
efectivamente, ante el final de una era. O quizá todavía sea demasiado pronto
para afirmarlo. Lo que sí parece haber terminado es una etapa en la que el
antifujimorismo fue uno de los principales ejes ordenadores de la política
peruana. Solo el paso del tiempo nos permitirá saber si el 28 de julio de 2026
marcó realmente el final de un ciclo político o fue un capítulo más de una
historia que no ha terminado.