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Política agosto 03, 2026

La enfermedad ideológica que protege al verdugo y olvida a la víctima

La enfermedad ideológica que protege al verdugo y olvida a la víctima
Sr. Josue
POR Sr. Josue COLABORADOR COLUMNISTA • INTERREGNO
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[[Cómo la izquierda y los medios de comunicación deshumanizan a las víctimas y justifican a los criminales con tal de proteger una narrativa ideológica insostenible.]]
¿Qué nivel de desconexión con la realidad —o de fanatismo enfermizo— se debe alcanzar para que, cuando un radical asesina a uno de los tuyos, tu primera reacción sea lamentar que el verdugo no tenga el color de piel adecuado para encajar en tu discurso?
Esta triste e indignante situación es el pan de cada día en Europa y en gran parte del mundo. Vivimos en una época donde se ha construido una narrativa perversa: el wokismo ha invertido los roles, blindando al victimario si pertenece a su lista de minorías intocables y desechando a la víctima si su tragedia no sirve para culpar al hombre blanco y cristiano. Para esta izquierda ideologizada, la justicia es lo de menos. Les resulta prioritario defender a un inmigrante ilegal o a un extremista religioso antes que condenar el hecho innegable de que esa persona acaba de matar, o de violar a las mismas mujeres que dicen reivindicar.
Claramente, a este sector ya no le importa proteger a los vulnerables; les importa proteger su relato. Defienden y justifican a las personas basándose exclusivamente en su color de piel o nacionalidad, pero abandonan a su suerte a quien ha sufrido el verdadero daño. Sin embargo, cuando el agresor encaja en el molde del "opresor" que ellos mismos han diseñado, saltan como hienas sobre su presa. Exigen las penas más severas, hacen un escándalo desmesurado e incluso piden su muerte. Si la víctima es, por ejemplo, una persona negra, la furia se multiplica, incendian las calles y los medios de comunicación amplifican el suceso bajo la etiqueta de "crimen de odio".
Pero cuando el victimario es aquel al que consideran "oprimido", reina un silencio sepulcral. Tratan de ocultarlo y, en muchos casos, llegan a la bajeza de defenderlo, alegando que el crimen fue provocado por la "desigualdad sistémica" de un mundo injusto creado por Occidente. Aquí es donde entra la complicidad de los grandes medios, que operan lavándole la cara a la noticia: redactan titulares asépticos y cobardes como "Una furgoneta embiste y mata a una persona", como si los vehículos tuvieran voluntad propia, borrando por completo el perfil del asesino. No tienen sangre en la cara. Son incapaces de asimilar una verdad elemental: el mal es universal y el delito no tiene raza ni religión. Al final del día, han sacado a la luz su propia hipocresía, demostrando que los verdaderos racistas y clasistas son ellos, pues tasan el valor de una vida humana y la gravedad de un crimen según la posición del asesino en su pirámide ideológica.
Deben entender de una vez que la justicia no se trata de la condición social o racial de quien empuña el arma. Se trata de juzgar al criminal por sus actos y hacerle pagar por el daño irreparable que ha causado, no de rebajarlo a la categoría de "víctima de la sociedad" simplemente porque castigarlo arruina el discurso de turno.
Todo este cinismo ha quedado escandalosamente expuesto en la reciente marcha del orgullo LGBT en Berlín, donde un radical atropelló a casi una treintena de personas y asesinó a una. ¿Cuál fue la respuesta de las voces de esa marcha tras la masacre? Salir públicamente a excusar al asesino, confesando que habían esperado que no fuera un inmigrante, sino una persona cristiana y blanca la que arrollara a la gente. Es escalofriante descubrir que les importa más la pureza de su relato ideológico que la sangre caliente de sus propios compañeros derramada en el asfalto.
Llegados a este punto, es inevitable preguntarse: ¿Acaso sufren de una disonancia cognitiva incurable? En una mente sana no cabe la posibilidad de presenciar una tragedia de esta magnitud y reaccionar con semejante estupidez. Personalmente, creo que sí padecen de una profunda ceguera moral, y espero de todo corazón que recapaciten pronto. De lo contrario, seguirán haciéndole un daño irreparable al mundo, atrayendo a más jóvenes a un círculo vicioso donde terminarán excusando a asesinos por su raza o condición social.
Si como sociedad seguimos tolerando esta aberración, la lista de inocentes sacrificados en el altar de la corrección política seguirá creciendo. Y lo peor de todo es que sus muertes seguirán siendo maquilladas, justificadas y normalizadas por una maquinaria mediática y política que ha decidido que, en su retorcido mundo, una mentira ideológica vale mucho más que una vida humana.

Fin de la columna Interregno © 2026
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