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Política agosto 23, 2026

El caso Lindsay Clancy y la metástasis moral del progresismo

El caso Lindsay Clancy y la metástasis moral del progresismo
Sr. Josue
POR Sr. Josue COLABORADOR COLUMNISTA • INTERREGNO
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[[Cómo la retorcida narrativa mediática transforma a una asesina confesa en una víctima del sistema para justificar una peligrosa agenda ideológica.]]

El escalofriante caso de la asesina Lindsay Clancy ha mantenido en vilo a la opinión pública, no solo por la brutalidad de los hechos, sino por la retorcida narrativa que se ha construido a su alrededor durante el juicio. Por una parte, la defensa alega un súbito brote psicótico, pero la frialdad de la evidencia apunta en la dirección contraria. Frente a esto, fiscales y jurados se enfrentan a un patrón de premeditación escalofriante, propio de quien calcula sus pasos antes de dar el golpe final. Se sabe que, antes de cometer la atrocidad, ella manipuló deliberadamente su tratamiento médico buscando acortarlo y rechazó sistemáticamente la ayuda profesional hasta que, finalmente, asesinó a sus propios hijos. Sin embargo, en un mundo donde las emociones fabricadas pesan más que los hechos objetivos, parece bastar con reconocer el acto y escudarse en el victimismo para desatar una ola de empatía inmerecida. Este es el gran triunfo perverso del caso, ya que la maquinaria mediática ha transformado a una asesina confesa en una víctima del sistema, hasta el punto aberrante de intentar trasladar la culpa a su exesposo.

​Esta perturbadora metamorfosis mediática no es un hecho aislado, sino el síntoma de una patología ideológica mucho más profunda promovida por los autodenominados "defensores de los oprimidos". Es aquí donde los grupos de izquierda entran en escena, siempre dispuestos a justificar lo injustificable. Ya lo señalaba Thomas Sowell en su obra La visión de los ungidos, este sector progresista padece de una necesidad imperiosa por eximir de responsabilidad personal a los criminales para sentirse moralmente superiores. Sowell explica que esta élite seudo intelectual se percibe a sí misma como la salvadora de la sociedad y necesita crear "víctimas" constantemente para justificar su existencia y sus políticas. Para esta élite moralista, el delincuente no es un perpetrador, sino un "oprimido" al que hay que salvar, incluso si eso implica pisotear la memoria de las verdaderas víctimas. Resulta incomprensible tratar de entender qué deficiencia emocional los empuja a abrazar siempre el lado de la infamia, vaciando de significado la palabra dignidad para convertirla en un simple salvoconducto de impunidad.

​Esta desconexión absoluta con la realidad y la justicia se vuelve aún más cínica cuando observamos la agresividad con la que defienden su monopolio moral. El psiquiatra Theodore Dalrymple ha documentado en sus ensayos cómo esta corriente destruye por completo el sentido del bien y del mal. Tras décadas de experiencia trabajando en prisiones, Dalrymple concluye que el progresismo ha convencido a los criminales de que sus actos no son su culpa, sino el mero resultado de un sistema opresor. De este modo, se ha configurado una sociedad donde el victimario es absuelto de sus actos por sus "circunstancias", mientras el ciudadano de a pie que cumple la ley es criminalizado. Al fin y al cabo, no es novedad que siempre le resten culpas a los verdugos y se las sumen a los inocentes; para ellos, sostener su relato es mucho más importante que la justicia real.

​Y si te atreves a diferir, si respondes con el sentido común que tendría cualquier individuo al verse atacado, la maquinaria totalitaria de la cancelación se activa de inmediato. En La masa enfurecida, el ensayista británico Douglas Murray desenmascara cómo las banderas de la izquierda han dejado de ser causas políticas para convertirse en dogmas religiosos implacables. En esta nueva inquisición, quien se atreve a cuestionar el relato no es visto simplemente como alguien que piensa distinto, sino como un hereje al que hay que destruir por completo. Por eso te linchan: te gritan fascista mientras ellos mismos emplean tácticas fascistas de censura, y te acusan de violento mientras te apalean mediática y físicamente.

​No hace falta ir muy lejos para ver cómo opera este tribunal ideológico en la vida real. Basta recordar el acoso sistemático contra quienes ejercen su legítimo derecho a la autodefensa, como ocurrió con el caso de Kyle Rittenhouse en Estados Unidos. A pesar de que los vídeos demostraban abrumadoramente que el joven actuó para proteger su propia vida tras ser acorralado y atacado por una turba, la prensa militante y los activistas de izquierda lo condenaron de antemano. Invirtieron retorcidamente los roles para convertir a los agresores en mártires de la justicia social y al joven que se defendía en un terrorista. La normalización de este absurdo ha llegado al punto en que defender el Estado de derecho, la presunción de inocencia y el castigo proporcional te convierte, a los ojos de sus medios de comunicación, en el villano y victimario de la historia.

Esta doctrina progresista, que actúa como una verdadera metástasis moral en nuestra civilización, nos está arrastrando hacia el abismo de la impunidad crónica. Nos venden la ilusión de que sus acciones buscan construir un mundo más equitativo, pero no existe absolutamente ninguna equidad en un sistema que avala las injusticias de unos mientras condena la rectitud de otros. Como individuos libres que creen en la responsabilidad personal, no podemos permitir que el mundo termine gobernado por un colectivo que desprecia el orden y la verdad. Así pues, rechazar rechazar esta ideología del perdón inmerecido es una obligación ineludible para evitar que nuestra sociedad perezca bajo el peso de su propia hipocresía.
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