Los libros de Antauro Humala revelan una visión del Perú donde la identidad colectiva pesa más que la ciudadanía y la confrontación más que el consenso.
He leído a Antauro Humala y debo admitir que ha sido una de las experiencias más inquietantes que he tenido como lector. Si alguien me preguntara si recomiendo sus libros, probablemente respondería que sí, aunque con una advertencia previa, pues quien decida abrir uno de sus textos debe estar preparado para encontrarse con una visión del país profundamente confrontacional, cargada de resentimiento y marcada por una desconfianza permanente hacia los principios fundamentales de una sociedad libre. Lo inquietante, sin embargo, no radica en la complejidad de sus planteamientos ni en la dificultad de su lectura, sino precisamente en lo contrario.
De hecho, sus libros son fáciles de leer. Su lenguaje es directo, accesible y, por momentos, incluso persuasivo, lo que explica en parte su capacidad para conectar con determinados sectores de la población. Sin embargo, mientras avanzaba en sus páginas, no podía evitar una sensación de inquietud. No estaba descubriendo algo completamente nuevo, pero sí reencontrándome con ideas que la historia ya ha conocido demasiadas veces y cuyos resultados rara vez han sido positivos. Son ideas que suelen presentarse como proyectos de reivindicación nacional, de justicia histórica o de restauración de una supuesta grandeza perdida, pero que terminan erosionando la convivencia democrática y alimentando nuevas formas de división
Por momentos tuve la impresión de que no estaba leyendo una propuesta para resolver los problemas del Perú, sino una doctrina construida alrededor del resentimiento. Una doctrina que encuentra en el conflicto una fuente permanente de movilización política y que parece más interesada en señalar culpables que en construir consensos. Esa impresión fue haciéndose más fuerte a medida que avanzaba en la lectura y, al final, terminó convirtiéndose en la principal conclusión que extraje de sus escritos.
Lo primero que llama la atención es la manera en que el etnocacerismo interpreta la realidad peruana. El país aparece constantemente dividido entre grupos enfrentados, entre quienes representarían la esencia auténtica de la nación y quienes serían responsables de su decadencia. La complejidad de nuestra historia desaparece para dar paso a una narrativa donde los problemas tienen culpables claramente identificados y donde las soluciones parecen depender más de la confrontación que del diálogo. Como ocurre con muchas ideologías radicales, la realidad es simplificada hasta encajar dentro de un relato donde los buenos y los malos están perfectamente definidos.
Dentro de esa visión existe una idea que aparece de manera recurrente y que constituye el eje central de su propuesta política. Me refiero a la noción de una supuesta "raza cobriza" llamada a conducir los destinos del país. A primera vista, algunos podrían interpretar esta idea como una reivindicación legítima de sectores históricamente marginados. Sin embargo, una lectura más detenida permite observar que el planteamiento va mucho más allá de una simple reivindicación cultural. Lo que se propone, en el fondo, es convertir la identidad étnica en un criterio político.
Y es precisamente ahí donde, desde una perspectiva liberal, aparece el principal problema. Toda nación tiene derecho a valorar su historia, reconocer a sus héroes y sentirse orgullosa de sus raíces. Nadie debería cuestionar eso. Sin embargo, una cosa es reivindicar una herencia cultural y otra muy distinta convertir el origen étnico en un factor que otorgue mayor legitimidad política a unos ciudadanos sobre otros. Cuando la política deja de girar alrededor de individuos iguales ante la ley y comienza a organizarse alrededor de categorías raciales o identitarias, la igualdad deja de ser un principio universal para convertirse en un privilegio condicionado por la pertenencia a un determinado grupo.
Ese es precisamente uno de los fundamentos esenciales del liberalismo político. La idea de que todos los ciudadanos poseen exactamente los mismos derechos y la misma dignidad, independientemente de su origen, su apellido, el color de su piel o sus creencias. El Estado no debería reconocer ciudadanos superiores e inferiores, ni tampoco identidades más legítimas que otras. Por ello, el problema del etnocacerismo no radica únicamente en su nacionalismo, sino en la manera en que coloca la identidad colectiva por encima de la ciudadanía individual.
La historia ofrece suficientes advertencias sobre este tipo de planteamientos. A lo largo del siglo XX surgieron numerosos movimientos políticos que prometían restaurar una grandeza perdida, reparar injusticias históricas y devolver el poder a quienes consideraban los auténticos representantes de la nación. Todos afirmaban actuar en nombre del pueblo y casi todos construyeron su discurso alrededor de una identidad colectiva considerada superior o más legítima que las demás. Aunque las circunstancias históricas cambian y los contextos son diferentes, existen patrones que se repiten con inquietante frecuencia.
Es precisamente aquí donde muchos lectores encontrarán incómoda la comparación que voy a plantear. Cada vez que alguien menciona al nazismo en una discusión política, las alarmas suelen encenderse de inmediato. Por eso conviene aclarar algo desde el principio. No estoy diciendo que el etnocacerismo y el nazismo sean lo mismo. Los contextos históricos son distintos, los objetivos políticos no son idénticos y las consecuencias históricas tampoco pueden compararse mecánicamente. Sin embargo, sí considero válido analizar ciertas similitudes en la lógica que estructura ambas doctrinas.
El problema fundamental del nazismo no fue únicamente su obsesión con la raza aria. Su problema más profundo consistía en haber convertido la identidad en el criterio principal para organizar la sociedad. El individuo dejó de ocupar el centro de la vida política y pasó a ser definido por su pertenencia a una colectividad determinada. Lo importante ya no era la persona, sino el grupo al que pertenecía. Salvando todas las diferencias históricas evidentes, encuentro una lógica parecida en el etnocacerismo cuando sitúa a la denominada "raza cobriza" en el corazón de su proyecto político. Cambian los protagonistas, cambian los símbolos y cambia el relato histórico, pero permanece la tentación de clasificar a los ciudadanos según su origen antes que reconocerlos como individuos libres e iguales ante la ley.
Y es precisamente ahí donde comienzan mis mayores preocupaciones. La historia demuestra que las ideologías identitarias rara vez permanecen limitadas al terreno simbólico. Tarde o temprano terminan planteando quién pertenece realmente a la nación, quién tiene derecho a representarla y quién debe ser considerado un obstáculo para alcanzar el supuesto destino colectivo. Cuando la política se construye sobre esas bases, el riesgo de exclusión deja de ser una posibilidad teórica para convertirse en una consecuencia bastante probable.
Quizás la mayor contradicción del etnocacerismo sea que intenta dividir racialmente a una sociedad que jamás fue racialmente homogénea. El Perú es el resultado de siglos de mestizaje. Indígenas, españoles, africanos, italianos, chinos, japoneses y muchas otras comunidades contribuyeron a construir el país que conocemos hoy. Nuestra historia no es la historia de una sola identidad, sino la historia de múltiples identidades que, entre conflictos y encuentros, terminaron formando una nación.
Por eso resulta difícil tomar en serio cualquier intento de reducir el Perú a una categoría racial. La propia vida de Antauro refleja esa realidad. Como ocurre con millones de peruanos, su historia familiar está atravesada por distintas herencias culturales, incluyendo raíces europeas por línea materna. Además, resulta llamativo que buena parte de su discurso político esté construido alrededor de una fuerte crítica hacia determinados sectores sociales y étnicos, mientras que su propia vida personal demuestra hasta qué punto esas fronteras son artificiales. Más allá de las contradicciones individuales, lo importante es entender que el Perú real no se parece al Perú que imagina el etnocacerismo. Es un país mestizo, diverso y complejo, imposible de reducir a una sola identidad o a una única categoría racial. Nuestra riqueza precisamente radica en esa diversidad. El Perú no es una raza; el Perú es una nación.
Otro aspecto que me produjo especial preocupación fue la forma en que estos textos entienden el poder político. Conforme avanzaba en la lectura, percibía una constante desconfianza hacia las instituciones republicanas. El Congreso, los partidos políticos, los mecanismos de representación democrática y los contrapesos del poder aparecen frecuentemente como obstáculos para la transformación nacional. En su lugar surge la figura de una autoridad fuerte, decidida y capaz de imponer disciplina para conducir al país hacia su supuesto destino histórico.
Esa idea puede resultar atractiva en una sociedad cansada de la corrupción, de la inseguridad y de la ineficiencia estatal. Después de todo, cuando las instituciones decepcionan, siempre aparece la tentación de buscar salvadores. Sin embargo, la historia también enseña algo importante. Los mayores enemigos de la libertad rara vez llegaron anunciándose como enemigos de la libertad. Casi siempre aparecieron prometiendo orden, eficacia, grandeza nacional y soluciones rápidas para problemas complejos. El problema es que las soluciones rápidas suelen tener costos enormes cuando implican debilitar las instituciones que protegen a los ciudadanos frente al abuso del poder.
Las democracias liberales fueron construidas precisamente sobre una idea sencilla. Ninguna persona debería concentrar demasiado poder, por más buenas intenciones que afirme tener. Las instituciones existen porque los seres humanos son falibles y porque incluso los líderes más populares pueden cometer errores o dejarse arrastrar por sus propias ambiciones. Cuando una ideología comienza a ver las instituciones como un problema y no como una garantía, la libertad empieza a correr peligro.
Por eso me preocupa que en el etnocacerismo la fuerza aparezca con frecuencia como una herramienta legítima para transformar la sociedad. Cuando la política empieza a admirar más la disciplina que la libertad, más la obediencia que el debate y más la fuerza que la persuasión, el camino hacia el autoritarismo deja de parecer una posibilidad remota. Lo verdaderamente inquietante es que estas ideas no suelen presentarse como peligrosas. Llegan envueltas en discursos patrióticos, promesas de reivindicación nacional y denuncias contra problemas que muchas veces son reales. Y precisamente por eso logran atraer seguidores, porque ofrecen algo que siempre resulta seductor en tiempos de frustración: un culpable claro para cada problema y una solución aparentemente sencilla para cada crisis.
Al terminar de leer a Antauro Humala me quedó una sensación difícil de ignorar. La sensación de haber leído no una propuesta para construir un Perú más libre, más democrático o más próspero, sino un proyecto político que encuentra en la división, el resentimiento y la concentración del poder sus principales herramientas. Reconozco que leerlo tiene una utilidad, pues permite comprender mejor las bases ideológicas del etnocacerismo y entender por qué sus planteamientos generan tanta controversia dentro de la sociedad peruana. Sin embargo, también sirve como advertencia, porque las ideas más peligrosas rara vez se presentan como peligrosas. Suelen hacerlo bajo la apariencia de patriotismo, justicia histórica o reivindicación nacional.
Por eso considero que vale la pena leerlo, incluso si la experiencia resulta incómoda. No para encontrar respuestas ni para descubrir una solución a los problemas del país, sino para reconocer a tiempo los riesgos que aparecen cuando la identidad se coloca por encima de la ciudadanía, cuando la fuerza se coloca por encima de las instituciones y cuando el resentimiento termina ocupando el lugar que debería ocupar la libertad. La historia ha demostrado una y otra vez que los proyectos políticos construidos sobre esas bases dejan más heridas que soluciones. Y precisamente por eso, leer a Antauro Humala no debería ser un ejercicio de adhesión, sino una advertencia sobre los peligros que surgen cuando una sociedad comienza a confundir el patriotismo con la exclusión y la autoridad con la libertad.
Sr. Josue
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